“Estados Unidos no es su enemigo”. Con estas palabras, el presidente Barack Obama inauguró ayer una nueva era de relaciones con el mundo musulmán y árabe, para dejar atrás la visión de Medio Oriente como una región plagada de enemigos identificados y convertido en nido de terroristas.
En su primera entrevista formal, concedida en exclusiva a la cadena de televisión Al-Arabiya —considerada durante la era Bush como caja de resonancia del “islamismo terrorista”—, el presidente de Estados Unidos extendió su mano para ofrecer el restablecimiento de la confianza y la cooperación con los gobiernos y Estados del mundo árabe e islamista.
“Estados Unidos ha cometido errores en el pasado”, dijo Obama en alusión a las politicas de la administración Bush.
“Pero no hay razón para no restaurar la relación de mutuo respeto que prevalecía hace 20 o 30 años”, dijo el presidente al dejar en claro su intención de desandar el camino de guerra y confrontación que inauguró George W. Bush y facilitar la misión de paz que ha iniciado en la región su enviado especial, George Mitchell.
“Le he pedido a Mitchell comenzar a escuchar, pues con mucha frecuencia, lo que ha hecho Estados Unidos es dictar órdenes”, dijo Obama en un significativo cambio de enfoque y retórica que ha puesto en perspectiva la gira que ha iniciado el ex senador Mitchell por Egipto, Israel, Jordania, Turquía y Arabia Saudita, para sentar las bases de un nuevo diálogo y negociación impulsado por el propio presidente de Estados Unidos.
“No podemos decir ni a los israelíes ni a los palestinos qué es lo mejor para ellos. Ellos van a tener que tomar algunas decisiones. Pero creo que es el momento oportuno para que ambas partes se den cuenta de que el camino en el que están no los llevará a la prosperidad y seguridad para su gente”, apuntó.
“Hay israelíes que reconocen que es importante lograr la paz. Ellos estarían dispuestos a hacer sacrificios si el momento es adecuado y si existe una colaboración seria de la otra parte”, añadió.
El encuentro de Obama con la cadena Al-Arabiya no ha sido el primero que concede un presidente de Estados Unidos a este medio. De hecho, en noviembre de 2003, ocho meses después de haber ordenado la invasión a Irak, el presidente George W. Bush concedió a ese mismo canal una entrevista en la que negó ser el enemigo jurado del islam, sino sólo de aquellos que asesinaban a inocentes.
Cinco meses más tarde, sin embargo, Bush consideró la posibilidad de bombardear los cuarteles de la cadena Al-Jazeera —competidora de Al-Arabiya—, por difundir las imágenes de la ofensiva militar estadounidense que se ensañó con la población civil en Falujah y desató una ola de protestas en el mundo árabe.
En septiembre de ese mismo año, un reportero de Al-Arabiya moría a mansalva mientras transmitía el ataque de las tropas estadounidenses contra una multitud que huía despavorida por la calle de Haifa, en el centro de Bagdad.
Obama aprovechó la oportunidad para elogiar al rey saudita Abdalá por lanzar un plan árabe para la paz en Medio Oriente —que implica el reconocimiento de Israel por parte de los países árabes a cambio de la retirada israelí a las fronteras de 1967—, y para anunciar el inicio de una nueva etapa de “diplomacia directa” en las relaciones frente a un país como Irán.
“Si países como Irán abren su puño, encontrarán nuestra mano tendida”, sentenció Obama en una entrevista que busca dejar tras de sí una era de errores, violencia y desencuentros entre Estados Unidos y el mundo islamista.